13/mayo/2026
Dra. Lyliana Rivera
El autismo es una condición del neurodesarrollo amplia, compleja y diversa. No existe una sola manera de ser autista, ni una única estrategia que funcione para todas las personas. Cada niño, joven o adulto dentro del espectro autista puede presentar fortalezas, necesidades, estilos de comunicación, perfiles sensoriales, formas de aprendizaje, intereses, retos conductuales, condiciones coexistentes y contextos familiares completamente distintos. Por esta razón, trabajar con personas autistas requiere mucho más que buena intención, sensibilidad o una certificación breve. Requiere preparación académica, experiencia directa, formación continua, supervisión, lectura crítica de investigaciones, práctica ética y una comprensión profunda de la persona, su familia y su entorno.
En los últimos años ha aumentado el interés por capacitarse en autismo, lo cual es positivo y necesario. Sin embargo, también ha surgido una preocupación importante: la idea de que completar una certificación corta, por ejemplo de 36 horas, convierte automáticamente a una persona en “experta” en autismo. Esta percepción puede ser peligrosa si lleva a simplificar una condición compleja o a ofrecer servicios sin la preparación suficiente. Una certificación de 36 horas puede ser una introducción valiosa, un punto de partida o una herramienta de actualización profesional, pero no sustituye años de estudio, experiencia práctica, análisis de casos, supervisión clínica o educativa, ni formación basada en evidencia científica.
La literatura científica ha documentado que existe una brecha entre la investigación y la práctica en los servicios dirigidos a personas autistas. Es decir, aunque existen prácticas basadas en evidencia, muchos profesionales no siempre las conocen, no siempre las aplican correctamente o las implementan sin suficiente fidelidad. Estudios sobre desarrollo profesional en autismo han encontrado que educadores y proveedores de servicios necesitan capacitación continua, acompañamiento y oportunidades de práctica para poder aplicar estrategias de manera efectiva, especialmente en áreas como comunicación, conducta, destrezas sociales, regulación emocional y apoyo familiar.
Ser una persona preparada en autismo implica conocer las prácticas basadas en evidencia, pero también saber cuándo, cómo y con quién utilizarlas. No basta con repetir técnicas aprendidas en un curso. El profesional debe poder evaluar el contexto, identificar las fortalezas de la persona autista, reconocer sus necesidades reales, adaptar las estrategias a su edad y nivel de desarrollo, respetar su forma de comunicación y trabajar en colaboración con la familia, la escuela y otros especialistas. Las revisiones sobre prácticas basadas en evidencia para niños y jóvenes con autismo resaltan que las intervenciones deben seleccionarse de manera cuidadosa, tomando en cuenta la evidencia disponible, las características individuales y los resultados esperados.
Además, el autismo no debe entenderse únicamente desde una mirada técnica o diagnóstica. La experiencia directa con personas autistas y sus familias es fundamental. La práctica cotidiana permite comprender aspectos que no siempre se captan en un manual: la ansiedad ante los cambios, la importancia de la predictibilidad, el impacto de las experiencias sensoriales, el cansancio familiar, las barreras sociales, la exclusión educativa, la falta de servicios, el diagnóstico tardío, las necesidades de los adultos autistas y la importancia de escuchar las voces de las propias personas autistas. Una preparación seria debe integrar conocimiento académico, investigación científica, experiencia aplicada y respeto por la vivencia humana.
También es importante reconocer que el autismo atraviesa todo el ciclo de vida. No se limita a la niñez. Las personas autistas crecen, estudian, trabajan, desean independencia, construyen relaciones, enfrentan barreras sociales y necesitan apoyos adecuados en diferentes etapas. Por eso, una persona verdaderamente preparada debe comprender el autismo desde una perspectiva amplia: infancia, adolescencia, adultez, familia, escuela, comunidad, empleo, salud mental, comunicación, sexualidad, seguridad, autonomía y calidad de vida. Programas universitarios y certificados avanzados en autismo suelen integrar enfoques interdisciplinarios precisamente porque el apoyo a esta población requiere colaboración entre educación especial, psicología, terapia del habla y lenguaje, terapia ocupacional, análisis de conducta, trabajo social, medicina, consejería y otras disciplinas.
Una certificación corta puede aportar conocimientos básicos, pero no debe presentarse como equivalente a una especialización profunda. Por ejemplo, existen certificaciones que requieren pocas horas de educación continua, mientras que otros programas académicos en autismo incluyen créditos universitarios, práctica aplicada, análisis de enfoques diversos y formación interdisciplinaria. Esto demuestra que no todas las credenciales tienen el mismo alcance, profundidad o nivel de exigencia.
El problema no es certificarse. El problema es confundir una capacitación breve con peritaje profesional. En autismo, el conocimiento debe ser responsable, actualizado y ético. Una persona puede tener una certificación y aun así necesitar supervisión, mentoría, experiencia adicional y educación continua. De igual forma, una persona puede tener estudios formales, pero si no actualiza sus conocimientos o no escucha a las personas autistas y sus familias, también puede quedarse corta en su práctica. La preparación real no se mide únicamente por un certificado, sino por la capacidad de aplicar el conocimiento con criterio, humildad profesional, sensibilidad cultural y resultados observables.
La ética profesional exige reconocer los propios límites. Decir “estoy certificado” no es lo mismo que decir “soy experto”. La palabra experto debe reservarse para personas con una trayectoria sólida, formación extensa, experiencia directa, participación en investigaciones o análisis de evidencia, práctica supervisada y compromiso continuo con el aprendizaje. En un campo tan complejo como el autismo, la preparación no termina en un curso; comienza con él.
Por lo tanto, es urgente promover una cultura profesional más responsable. Las familias, escuelas, organizaciones y comunidades necesitan personas preparadas, no solo personas certificadas. Necesitan profesionales capaces de comprender la complejidad del autismo, identificar prácticas efectivas, evitar intervenciones sin evidencia, trabajar desde el respeto, reconocer la diversidad del espectro y construir apoyos reales para la vida diaria. También necesitan líderes que no vendan soluciones rápidas, sino procesos serios, individualizados y sostenidos.
En conclusión, una certificación de “36 horas” puede abrir una puerta al conocimiento, pero no convierte automáticamente a nadie en experto en autismo. La verdadera preparación requiere estudio profundo, experiencia directa, investigación, actualización constante, supervisión, sensibilidad humana y compromiso ético. Las personas autistas y sus familias merecen profesionales que no solo conozcan el término “autismo”, sino que comprendan su complejidad, respeten su diversidad y trabajen con responsabilidad para mejorar su calidad de vida.
Referencias
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