18 de mayo de 2026
Dra. Lyliana Rivera
La sobreprotección en jóvenes adultos con Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un tema profundamente sensible, porque muchas veces nace del amor, del miedo y del deseo genuino de evitar sufrimiento. Sin embargo, cuando la protección se convierte en control excesivo, sustitución constante de decisiones o evitación de toda experiencia desafiante, puede limitar el desarrollo de habilidades esenciales para la vida adulta. En el caso de jóvenes adultos con TEA, este fenómeno puede afectar directamente su autonomía, autodeterminación, autoestima, participación social, empleabilidad y calidad de vida.
La sobreprotección puede definirse como un patrón de crianza o apoyo caracterizado por una intervención excesiva del adulto, restricción de oportunidades, toma de decisiones por la persona y evitación de situaciones que podrían representar frustración, error o incomodidad. Aunque la intención suele ser cuidar, el efecto puede ser contrario: el joven adulto aprende que no puede, que siempre necesita a otro para resolver, decidir o enfrentar la vida cotidiana. Estudios recientes sobre jóvenes adultos señalan que la sobreprotección parental se asocia con menor autonomía y menor autoeficacia, es decir, con una percepción reducida de la propia capacidad para manejar situaciones y tomar decisiones.
En jóvenes adultos con TEA, la autonomía no debe entenderse como “hacerlo todo solo”, sino como tener oportunidades reales para participar, elegir, comunicar preferencias, equivocarse de forma segura y recibir apoyos adecuados. La independencia en el TEA no significa ausencia de apoyo; significa acceso a apoyos que no sustituyan la voz, la voluntad ni el derecho de la persona a construir su propio proyecto de vida. La literatura científica sobre autodeterminación en jóvenes adultos con autismo ha identificado que esta población suele presentar bajos niveles de independencia en comparación con otros jóvenes, y que las habilidades de autodeterminación como tomar decisiones, establecer metas, resolver problemas, autorregularse y defender sus derechos son fundamentales para la transición a la vida adulta.
Uno de los impactos más importantes de la sobreprotección es la reducción de oportunidades para desarrollar destrezas de vida diaria. Estas destrezas incluyen higiene personal, manejo del dinero, preparación de alimentos, movilidad en la comunidad, organización del tiempo, cuidado del hogar, toma de medicamentos cuando corresponde, uso de servicios y manejo de responsabilidades personales. Investigaciones sobre adolescentes y jóvenes adultos autistas han encontrado que las destrezas de vida diaria suelen estar por debajo de lo esperado para la edad cronológica, lo que puede afectar la participación adulta, la independencia y la calidad de vida. Cuando la familia o los cuidadores realizan constantemente estas tareas por el joven adulto, se pierde una oportunidad crucial de aprendizaje funcional.
La sobreprotección también puede afectar la toma de decisiones. Muchos jóvenes adultos con TEA necesitan apoyos visuales, modelaje, práctica guiada, anticipación y estructura para decidir. No obstante, necesitar apoyo no significa que otra persona deba decidir por ellos. Cuando las decisiones importantes , qué estudiar, dónde participar, con quién relacionarse, qué ropa usar, qué actividades realizar o qué metas perseguir, son tomadas por otros, se debilita la autodeterminación. La investigación sobre autodeterminación en jóvenes adultos con TEA destaca que, aunque las familias pueden ofrecer oportunidades en el hogar, muchas veces existe una brecha entre ofrecer oportunidades y enseñar sistemáticamente las habilidades necesarias para ejercer autonomía.
Otro efecto significativo es el impacto emocional. La sobreprotección puede transmitir, aunque no sea la intención, un mensaje de incapacidad: “no puedes hacerlo”, “es muy difícil para ti”, “mejor lo hago yo”. Con el tiempo, este mensaje puede afectar la autoestima, aumentar la dependencia emocional y disminuir la confianza para enfrentar situaciones nuevas. En jóvenes adultos con TEA, quienes ya pueden experimentar ansiedad ante cambios, demandas sociales o ambientes impredecibles, la falta de exposición gradual a experiencias reales puede aumentar la inseguridad. La protección absoluta evita el malestar inmediato, pero también impide desarrollar tolerancia a la frustración, flexibilidad cognitiva, solución de problemas y estrategias de afrontamiento.
La sobreprotección también puede limitar la inclusión social. Muchas familias, por miedo al rechazo, al bullying, a la incomprensión o a una crisis conductual, reducen la participación del joven adulto en espacios comunitarios. Aunque estas preocupaciones son válidas, el aislamiento puede tener consecuencias importantes. La vida adulta requiere interacción con diferentes personas, ambientes y normas sociales. Si el joven adulto no tiene oportunidades para practicar habilidades sociales en contextos reales, puede enfrentar mayores dificultades para establecer amistades, participar en actividades comunitarias, acceder a empleo o manejar relaciones interpersonales. La inclusión no se construye únicamente desde el discurso; se construye permitiendo participación con apoyos, preparación y ajustes razonables.
En el área laboral, la sobreprotección puede convertirse en una barrera directa. Muchos jóvenes adultos con TEA poseen talentos, intereses específicos, memoria visual, atención al detalle, pensamiento lógico, creatividad o habilidades técnicas que pueden ser valiosas en el empleo. Sin embargo, si nunca se les permite asumir responsabilidades, cumplir horarios, manejar instrucciones, resolver pequeños conflictos o experimentar prácticas laborales supervisadas, su transición al mundo del trabajo se debilita. La empleabilidad no comienza cuando se llena una solicitud de empleo; comienza mucho antes, cuando se enseña responsabilidad, puntualidad, comunicación funcional, autocuidado, manejo del dinero, seguimiento de instrucciones y tolerancia a la retroalimentación.
Es importante reconocer que la sobreprotección muchas veces surge del cansancio familiar, de la falta de servicios, de experiencias previas de discriminación o de sistemas educativos y comunitarios que no preparan adecuadamente para la adultez. Por eso, no se trata de culpar a las familias. Se trata de transformar el rol del adulto: pasar de “hacer por la persona” a “hacer con la persona” y, progresivamente, permitir que la persona haga por sí misma con los apoyos necesarios. El objetivo no es retirar apoyo de forma abrupta, sino cambiar el tipo de apoyo: menos control, más enseñanza; menos sustitución, más acompañamiento; menos miedo, más preparación.
Desde una perspectiva científica y educativa, la intervención debe centrarse en la autodeterminación. Esto implica enseñar al joven adulto a reconocer sus fortalezas, expresar preferencias, identificar necesidades, pedir ayuda, tomar decisiones, establecer metas y participar activamente en su plan de vida. Las investigaciones sobre autodeterminación en personas con discapacidades intelectuales y del desarrollo resaltan que la familia cumple un papel esencial en la creación de oportunidades para practicar independencia, pero también evidencian la necesidad de más estrategias concretas dentro del hogar y la comunidad.
Una práctica recomendada es utilizar el modelo de “riesgo digno” o “dignidad del riesgo”. Este concepto reconoce que todas las personas tienen derecho a aprender mediante experiencias reales, incluyendo errores razonables y seguros. Proteger no debe significar eliminar todo riesgo, porque la vida adulta implica tomar decisiones, enfrentar consecuencias y aprender. En lugar de impedir experiencias, se deben diseñar apoyos: listas visuales, ensayos previos, acompañamiento inicial, tecnología de apoyo, contratos conductuales, horarios, historias sociales, práctica en comunidad y retroalimentación positiva.
También es necesario diferenciar entre apoyo y sobreprotección. El apoyo promueve capacidad; la sobreprotección promueve dependencia. El apoyo pregunta: “¿Cómo puedo ayudarte a hacerlo?” La sobreprotección responde: “Yo lo hago por ti.” El apoyo permite elegir entre opciones; la sobreprotección decide sin consultar. El apoyo enseña a manejar errores; la sobreprotección evita toda posibilidad de error. El apoyo reconoce la voz del joven adulto; la sobreprotección puede silenciarla, aun con buenas intenciones.
Para reducir la sobreprotección, las familias, educadores y profesionales pueden implementar estrategias graduales. Primero, identificar qué tareas el joven adulto puede hacer solo, cuáles puede hacer con ayuda y cuáles aún requieren enseñanza directa. Segundo, establecer metas pequeñas y medibles, como preparar una merienda, llamar para confirmar una cita, manejar una cantidad limitada de dinero o participar en una actividad comunitaria. Tercero, permitir que el joven tome decisiones diarias, aunque sean simples. Cuarto, enseñar habilidades de seguridad sin usar el miedo como mecanismo principal. Quinto, crear oportunidades de participación social y laboral con apoyos adecuados. Sexto, escuchar activamente al joven adulto, incluso cuando su comunicación sea no verbal, alternativa o asistida.
La transición a la vida adulta en jóvenes con TEA debe comenzar temprano y sostenerse de manera intencional. No se puede esperar a los 21 años para enseñar independencia. Cada etapa debe incluir oportunidades para practicar autonomía de acuerdo con el nivel de apoyo de la persona. En jóvenes adultos con mayores necesidades de apoyo, la autonomía puede expresarse mediante elecciones simples, comunicación aumentativa, participación en rutinas, reconocimiento de preferencias y control sobre aspectos de su vida diaria. La independencia no es igual para todos, pero la dignidad, la participación y la autodeterminación sí deben ser derechos para todos.
En conclusión, la sobreprotección en jóvenes adultos con TEA puede limitar profundamente su desarrollo personal, social, emocional y ocupacional. Aunque nace muchas veces del amor, puede convertirse en una barrera invisible que impide crecer. La meta no debe ser abandonar al joven adulto a su suerte, sino prepararlo para vivir con la mayor autonomía posible. Proteger verdaderamente no es evitarle toda dificultad, sino enseñarle a enfrentar la vida con herramientas, apoyos, confianza y oportunidades reales. La inclusión comienza cuando dejamos de mirar al joven adulto con TEA desde la incapacidad y comenzamos a construir, junto a él, caminos posibles hacia una vida con propósito, participación y dignidad.
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