Marta Rivera Rondón, PhD(c).

14/octubre/2026

Hablar de neuroeducación no significa convertir al docente en neurocientífico ni explicar cada decisión pedagógica mediante una imagen cerebral. Significa promover un diálogo responsable entre lo que conocemos sobre el desarrollo, la memoria, la emoción y la autorregulación, y lo que la pedagogía ha aprendido en la práctica. Su valor para Puerto Rico radica en ayudarnos a formular mejores preguntas: ¿qué condiciones permiten aprender?, ¿cómo inciden el estrés y las relaciones en la atención?, ¿qué prácticas favorecen la retención y la transferencia del conocimiento?

Del laboratorio al contexto puertorriqueño

La ciencia del aprendizaje confirma que lo cognitivo, lo emocional, lo social y lo cultural son inseparables. Las relaciones seguras, el conocimiento previo, la participación activa y la posibilidad de reflexionar sobre el propio aprendizaje influyen en el desarrollo y el rendimiento (Darling-Hammond et al., 2020). Asimismo, la práctica de recuperación recordar sin consultar inmediatamente el material produce beneficios consistentes en distintos niveles y áreas académicas (Agarwal et al., 2021). Estos hallazgos respaldan prácticas como preguntas frecuentes de bajo riesgo, enseñanza explícita de estrategias metacognitivas, retroalimentación oportuna y distribución del estudio en el tiempo.

No obstante, la evidencia no puede trasladarse mecánicamente. Gran parte de la investigación se realiza fuera del Caribe y bajo condiciones distintas a las nuestras. Puerto Rico necesita examinar cómo funcionan estas prácticas en escuelas atravesadas por pobreza, migración, huracanes, terremotos, pandemia, brechas de acceso y agotamiento profesional. El Plan Estratégico 2026–2030 del Departamento de Educación reconoce la necesidad de un sistema dinámico, flexible y centrado en el estudiante (Departamento de Educación de Puerto Rico, 2026). La neuroeducación puede contribuir a esa meta si se integra con equidad, inclusión y salud socioemocional, no si se presenta como una receta universal.

Avanzar sin caer en neuromitos

El entusiasmo por el cerebro también crea riesgos. Los llamados estilos de aprendizaje, la idea de que utilizamos solo el 10 % del cerebro o la clasificación de estudiantes como “dominantes” del hemisferio derecho o izquierdo carecen de apoyo suficiente. Una revisión sistemática encontró que los neuromitos persisten entre educadores de diversos países (Torrijos-Muelas et al., 2021). Por ello, toda formación debe enseñar a evaluar la calidad de la evidencia, distinguir correlación de causalidad y reconocer los límites de la neuroimagen. La pregunta no debe ser si una estrategia “activa el cerebro”, porque toda experiencia lo hace, sino si mejora resultados relevantes, para quién, bajo qué condiciones y con qué evidencia.

Una agenda para insertarnos en los avances mundiales

Puerto Rico puede pasar de consumir tendencias a producir conocimiento mediante cuatro acciones. Primero, incorporar neurociencia y ciencia del aprendizaje en la formación inicial y continua del magisterio, conectadas con problemas reales del aula. Segundo, crear laboratorios colaborativos entre escuelas, universidades y organizaciones comunitarias para diseñar, implementar y evaluar intervenciones culturalmente pertinentes. Tercero, establecer una red puertorriqueña que divulgue recursos en español, combata neuromitos y reúna educación, psicología, neurociencia, salud pública y tecnología. Cuarto, usar la inteligencia artificial con criterios pedagógicos, éticos y de privacidad. La tecnología debe ampliar la agencia del docente y del estudiante, no sustituir el razonamiento ni profundizar desigualdades; la OCDE (2026) también subraya que su valor depende del diseño educativo y la supervisión humana.

Conclusión

Insertarnos en los avances mundiales no consiste en adoptar cada novedad que mencione el cerebro. Consiste en construir capacidad científica y pedagógica para decidir qué funciona en Puerto Rico. Una neuroeducación rigurosa puede fortalecer la memoria, la metacognición, la autorregulación y el bienestar, pero su mayor aportación sería crear una cultura educativa que aprende de la evidencia y también genera evidencia propia. Desde nuestras escuelas y comunidades podemos aportar al mundo una perspectiva caribeña, resiliente y profundamente humana sobre cómo aprendemos.

Referencias

Agarwal, P. K., Nunes, L. D., & Blunt, J. R. (2021). Retrieval practice consistently benefits student learning: A systematic review of applied research in schools and classrooms. Educational Psychology Review, 33, 1409–1453. https://doi.org/10.1007/s10648-021-09595-9

Darling-Hammond, L., Flook, L., Cook-Harvey, C., Barron, B., & Osher, D. (2020). Implications for educational practice of the science of learning and development. Applied Developmental Science, 24(2), 97–140. https://doi.org/10.1080/10888691.2018.1537791

Departamento de Educación de Puerto Rico. (2026). Plan estratégico 2026–2030. https://de.pr.gov/wp-content/uploads/2026/02/DEPR_PLAN-ESTRATEGICO_2026.pdf

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2025). Unlocking high-quality teaching. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/f5b82176-en

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). OECD digital education outlook 2026: Exploring effective uses of generative AI in education. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/062a7394-en

Torrijos-Muelas, M., González-Víllora, S., & Bodoque-Osma, A. R. (2021). The persistence of neuromyths in the educational settings: A systematic review. Frontiers in Psychology, 11, Article 591923. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.591923

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