8/junio/2026
Dra. Lyliana Rivera
Durante los últimos años se ha observado un aumento significativo en el uso de las llamadas “cajitas sensoriales” dentro de escuelas, terapias y espacios comunitarios para personas autistas y otras personas neurodivergentes. Aunque estas herramientas pueden ser útiles en determinadas circunstancias, existe el riesgo de simplificar excesivamente el concepto de acomodo sensorial y asumir que una caja con objetos de estimulación o regulación es suficiente para atender las necesidades sensoriales de una persona. La evidencia científica reciente demuestra que los apoyos sensoriales efectivos van mucho más allá de una colección de objetos y requieren una comprensión integral de la persona, el entorno y las demandas de la actividad.
El procesamiento sensorial influye en prácticamente todas las áreas de la vida humana, incluyendo la atención, la regulación emocional, la participación social, el aprendizaje, la comunicación y la independencia funcional. Los estudios recientes describen el procesamiento sensorial como la manera en que el cerebro recibe, interpreta y responde a los estímulos provenientes tanto del cuerpo como del ambiente. Cuando existen diferencias en este procesamiento, las dificultades pueden manifestarse en múltiples contextos y no únicamente durante momentos específicos de desregulación.
Desde esta perspectiva, una “cajita sensorial” representa solamente una herramienta dentro de un sistema mucho más amplio de apoyos. La investigación contemporánea en terapia ocupacional enfatiza que las intervenciones sensoriales más efectivas incluyen modificaciones ambientales, adaptaciones en rutinas, cambios en la intensidad y complejidad de los estímulos, estrategias de autorregulación y apoyos individualizados basados en las necesidades particulares de cada persona.
Por ejemplo, un estudiante puede tener acceso a una cajita con objetos manipulativos, pero continuar experimentando dificultades si permanece expuesto a luces fluorescentes intensas, ruido excesivo, olores fuertes, cambios inesperados en la rutina o demandas académicas que exceden su capacidad de regulación en ese momento. En estos casos, la verdadera intervención sensorial no es únicamente el objeto que sostiene en sus manos, sino la modificación del ambiente y de las condiciones que generan la sobrecarga sensorial.
La literatura reciente también destaca el concepto de “modificación ambiental sensorial”, definido como cambios en la intensidad, calidad o complejidad de los estímulos presentes en el entorno para favorecer la participación funcional de la persona. Esto puede incluir reducir el ruido ambiental, ofrecer iluminación ajustable, permitir el uso de audífonos, crear espacios de recuperación sensorial, flexibilizar horarios, adaptar materiales educativos o permitir pausas de movimiento. Estas modificaciones suelen tener un impacto más significativo en la participación que el uso aislado de un objeto sensorial.
Asimismo, la evidencia señala que las necesidades sensoriales son dinámicas y cambian según el contexto, el estado emocional, el nivel de fatiga, el estrés, la salud física y las demandas de cada actividad. Por esta razón, los apoyos sensoriales deben ser individualizados y flexibles. Lo que resulta regulador para una persona puede ser irrelevante o incluso aversivo para otra.
Otro aspecto fundamental es que los acomodos sensoriales deben orientarse a promover la participación significativa y la calidad de vida. El objetivo no es simplemente reducir conductas observables o mantener a la persona ocupada con un objeto, sino facilitar su acceso al aprendizaje, la comunicación, las relaciones sociales, el empleo y la participación comunitaria. La investigación actual enfatiza que las intervenciones sensoriales deben evaluarse en función de cuánto mejoran la participación y el bienestar de la persona en sus contextos naturales.
Por lo tanto, limitar los acomodos sensoriales a una “cajita sensorial” puede llevar a una comprensión reduccionista de una necesidad humana compleja. Las cajitas sensoriales pueden ser herramientas valiosas cuando forman parte de un plan individualizado, pero no sustituyen la evaluación profesional, la adaptación ambiental, la enseñanza de estrategias de autorregulación ni la escucha activa de la persona neurodivergente. Un verdadero enfoque sensorial requiere comprender que la regulación no depende exclusivamente de los objetos disponibles, sino de la interacción entre la persona, el entorno y las actividades que realiza diariamente.
La ciencia actual respalda una visión amplia y centrada en la persona de los acomodos sensoriales. Una cajita sensorial puede ser un recurso útil, pero nunca debe considerarse la totalidad de una intervención sensorial. Los apoyos efectivos incluyen modificaciones ambientales, estrategias de autorregulación, ajustes en las demandas de las tareas, flexibilidad en las rutinas y, sobre todo, la participación activa de la propia persona neurodivergente en la identificación de sus necesidades. Comprender esta realidad permite avanzar desde intervenciones superficiales hacia prácticas verdaderamente inclusivas que favorezcan la participación, la autonomía y el bienestar.
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