4 de septiembre de 2026

Dra. Lyliana Rivera Tirado

Una revisión reciente sobre envejecimiento saludable identificó solo 35 estudios relevantes sobre adultos autistas mayores. Además, ningún estudio examinaba simultáneamente las cinco dimensiones fundamentales del envejecimiento saludable: salud física, movilidad, salud mental, cognición/memoria y conexión social. Esto muestra hasta qué punto la evidencia continúa fragmentada. 

La investigación más reciente incluso cuestiona una idea que comenzaba a difundirse: que las personas autistas necesariamente presentan un “envejecimiento acelerado”. Una revisión sistemática publicada en 2026, que analizó 56 estudios, concluyó que actualmente no existe evidencia suficiente para afirmar que todo el organismo o cerebro de las personas autistas envejece más rápidamente. En cambio, parecen existir vulnerabilidades específicas relacionadas con algunas condiciones físicas, neurodegenerativas, sensoriales y cognitivas. 

Una de las áreas donde existe mayor preocupación es la salud física. La evidencia indica que muchos adultos autistas presentan mayores tasas de enfermedades crónicas y multimorbilidad a medida que envejecen.

Un estudio poblacional sueco investigó personas autistas de 45 años o más y encontró importantes diferencias en condiciones físicas respecto de la población no autista. 

Además, un estudio reciente utilizando UK Biobank encontró que los adultos autistas de mediana edad y mayores presentaban mayor riesgo de múltiples condiciones médicas y una trayectoria más compleja de multimorbilidad. En esa muestra, el diagnóstico de autismo estuvo asociado con un riesgo significativamente mayor de mortalidad general, aunque estos resultados no deben interpretarse como una expectativa individual de vida para toda persona autista. 

Lo importante es preguntarnos por qué. No necesariamente significa que el autismo por sí mismo cause las enfermedades. Pueden intervenir factores como dificultades de acceso al sistema de salud, menor actividad física, barreras comunicativas, condiciones coexistentes, efectos acumulativos del estrés, pobreza, aislamiento social, dificultades para reconocer o comunicar síntomas y retrasos en diagnóstico o tratamiento.

Por eso el foco científico debe comenzar a cambiar y buscar la contestación a: ¿Qué factores médicos, sociales y ambientales están contribuyendo a que algunas personas autistas envejezcan con peores resultados de salud?”

Cerebro, cognición, demencia y autismo

Esta es probablemente una de las líneas de investigación más importantes que veremos durante los próximos años. Algunas características cognitivas presentes desde etapas tempranas del autismo pueden parecerse superficialmente a cambios asociados con envejecimiento o demencia. Esto crea dificultades importantes para establecer qué representa:

  • el funcionamiento habitual de esa persona;
  • un cambio relacionado con edad;
  • depresión, ansiedad o burnout;
  • efectos secundarios de medicamentos;
  • deterioro cognitivo leve;
  • o una enfermedad neurodegenerativa.

Una revisión sistemática y metaanálisis de Wang y colaboradores examinó función cognitiva y cambios cerebrales en personas autistas de mediana edad y mayores. Los autores encontraron evidencia todavía inconsistente y enfatizaron la necesidad de desarrollar medidas capaces de identificar verdaderamente cuándo comienza un deterioro patológico. 

Otra revisión sistemática reciente llegó prácticamente a la misma conclusión: los estudios actuales no apoyan claramente ni la hipótesis de envejecimiento acelerado ni la de un envejecimiento completamente paralelo al de personas no autistas. 

Otro hallazgo consistente es que no podemos estudiar el envejecimiento autista únicamente desde la medicina. Depresión, ansiedad, aislamiento, soledad y disminución de participación comunitaria aparecen repetidamente en la literatura.

 Una revisión sobre “aging well” encontró, en conjunto, mayores dificultades relacionadas con salud mental, calidad de vida, participación comunitaria, empleo y conexión social entre muchos adultos autistas mayores. 

Incluso las diferencias sensoriales continúan teniendo relevancia durante la mediana edad y adultez mayor. Un estudio con participantes de 40 a 93 años encontró mayores diferencias de procesamiento sensorial y síntomas de ansiedad y depresión entre los participantes autistas, con diferencias adicionales relacionadas con género. Cuando a esas características se añaden pérdida auditiva, cambios visuales, dolor, problemas de movilidad o enfermedades propias del envejecimiento, las necesidades pueden hacerse más complejas.

Existe además una generación completa de adultos mayores que creció cuando el conocimiento sobre autismo era muy diferente.

Algunas personas pasaron décadas siendo descritas como:

“raras”,

“antisociales”,

“difíciles”,

“obsesivas”,

“nerviosas”,

“solitarias”,

o fueron tratadas exclusivamente por ansiedad, depresión u otras condiciones. Por eso actualmente también está creciendo la investigación sobre diagnóstico de autismo en la adultez. Las experiencias reportadas incluyen alivio y comprensión personal, pero también frustración por años sin apoyos y dificultades para encontrar servicios después del diagnóstico.  Esto podría ser todavía más complejo cuando el diagnóstico ocurre a los 60 o 70 años.

¿Qué está haciendo actualmente la ciencia?

En este momento pueden identificarse aproximadamente cinco grandes líneas emergentes de investigación.

Primero, estudiar cerebro, memoria, funciones ejecutivas y posible riesgo de enfermedades neurodegenerativas.

Segundo, comprender multimorbilidad, mortalidad y condiciones físicas propias del envejecimiento.

Tercero, investigar calidad de vida, soledad, participación social y salud mental.

Cuarto, analizar experiencias de acceso a hospitales, médicos, hogares de cuidado prolongado y otros servicios de envejecimiento.

Quinto, comenzar a estudiar procesos biológicos específicos de la mediana edad. Un buen ejemplo es la menopausia. Una revisión sistemática de 2025 encontró apenas ocho estudios científicos sobre autismo y transición menopáusica, y ninguno evaluaba intervenciones específicas. 

Eso demuestra cuánto terreno queda por investigar.

¿Qué dicen los propios adultos autistas mayores?

Esta parte resulta particularmente importante.

Estudios cualitativos están comenzando a preguntar directamente a personas autistas mayores qué necesitan. Un estudio con adultos autistas de 65 años o más encontró problemas relacionados con sentirse incomprendidos durante toda la vida, dificultades para navegar el sistema sanitario, falta de continuidad asistencial, sobrecarga sensorial, ansiedad, reducción de redes de apoyo y preocupación sobre quién los ayudará en el futuro. 

Otro estudio sobre acceso a servicios en personas autistas mayores de 50 años también señala la necesidad de incorporar directamente sus experiencias en el diseño de servicios. 

¿Qué hace falta investigar?

Necesitamos estudios longitudinales. Gran parte de la literatura todavía compara personas de diferentes edades en un solo momento. Necesitamos seguir a las mismas personas durante 10, 20 o 30 años para saber qué cambia realmente. Necesitamos incluir personas con discapacidad intelectual y autismo con mayores necesidades de apoyo. La revisión de 2026 advierte que gran parte de la investigación sobre envejecimiento continúa concentrándose en adultos autistas sin discapacidad intelectual. 

Necesitamos estudiar mucho más a mujeres autistas mayores, personas diagnosticadas tardíamente y personas que han pasado décadas realizando masking o camuflaje social.

Necesitamos instrumentos específicamente diseñados para distinguir autismo, deterioro cognitivo y demencia.

Necesitamos investigar mejor sueño, dolor, nutrición, movilidad, menopausia, salud cardiovascular, salud gastrointestinal, epilepsia, medicamentos, actividad física y cambios sensoriales.

Necesitamos estudiar vivienda y cuidado futuro:

¿Qué ocurre cuando los padres de una persona autista envejecen o fallecen?

¿Quién toma decisiones?

¿Dónde vivirá?

¿Quién conoce sus necesidades sensoriales y comunicativas?

¿Están preparados los hogares de envejecientes?

La literatura científica todavía ofrece pocas respuestas satisfactorias y necesitamos investigación culturalmente diversa. Una revisión publicada recientemente sobre disparidades raciales y étnicas en adultos mayores autistas encontró solamente ocho estudios que cumplían los criterios de inclusión. 

Algo importante para nosotros, Puerto Rico  necesita investigaciones locales, gran parte de nuestro conocimiento sigue procediendo de Estados Unidos, Reino Unido y Europa.

Referencias

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